Placeta de san Marcos

Métrica:
Se trata de dos tercetos alejandrinos sin rima. Como recurso rítmico se juega también con la anáfora que encabeza las dos estrofas.

Comentario:
El poema «Placeta de san Marcos» expresa una emoción que nace de un momento de epifanía muy complejo. Para poder entender bien la emoción intensa que trata de expresar el sujeto poético conviene restituir el contexto en el que se enuncia el poema. Además deberemos resolver las alusiones a Ulises y San Sebastián para determinar el significado que aportan al conjunto.

Sabemos por el título que el poema se enuncia en la veneciana Placeta de san Marcos, por lo que ofrecemos una imagen de la plaza (obra de Canaletto) que pueda servir para predisponernos a la lectura y ubicar al sujeto poético en un escenario:



Ante el sentimiento inefable surgido de la contemplación de la belleza de la plaza, el sujeto poético se dirige a su alma (apóstrofe) para pedirle que no se separe de su cuerpo, que no lo abandone. Conmovida por el equilibrio de la plaza y aturdida por el desequilibrio surgido de la emoción, le pide a su alma que se sujete a «este mármol», que de acuerdo a la interpretación más sencilla debe referirse al cuerpo, a la sustancia material de su ser.

La alusión a San Sebastián, atado a un tronco mientras es aseteado (se observa también un contraste entre lo corporal y lo espiritual, propio de todo martirio) puede relacionarse con la referencia del verso cuarto a Ulises. Recordemos que uno de los episodios más célebres de la Odisea narra como Ulises escucha el misterioso y hermoso canto de las sirenas mientras permanece atado al mástil de su embarcación para no tener la tentación de lanzarse al mar y sucumbir. De este modo, en ambos casos estamos ante episodios que combinan el sufrimiento con algún tipo de placer vinculado a la elevación espiritual, y en ambos casos los personajes permanecen atados a un poste de madera en posición vertical que mantiene inmóviles a sus protagonistas.





Precisamente es también una enorme columna vertical la que sostiene la escultura de bronce que representa un león alado (de nuevo deseo de elevación) que, pese a tener sus alas desplegadas, como si quisiera alzar al vuelo, está condenado a permanecer en la columna que la sostiene, petrificado:



Así pues, el «rugido de bronce» del último verso funciona como metonimia del célebre león alado que descansa sobre una majestuosa columna de mármol. Podemos destacar por lo tanto, que se convocan una serie de elementos que tienen que ver con la elevación espiritual que se contraponen a elementos que retienen al experimentador:

Se puede apreciar entonces una perfecta simetría. De los cuatro experimentadores dos están en la plaza: el sujeto poético y el león de bronce. El rugido detenido (posible símbolo de lo inefable, ya que el león está detenido en el gesto de expresar sin expresión alguna) y las alas desplegadas que contradicen la condena del león a permanecer unido a la columna han podido desencadenar en el sujeto la imagen de los otros dos experimentadores. Entre todos ellos se teje una urdimbre emocional casi simétrica: un conflicto entre la vocación de altura y la condena (y la seguridad) de la sujección.

En resumen, el poema expresa la emoción intensa del sujeto poético ante la contemplación del conjunto arquitectónico y escultórico de la plaza veneciana de san Marcos en un día de lluvia. Dicha emoción queda cifrada en la figura del león, con la que se identifica, ya que le permite representar la tensión experimentada por Atencia entre la espiritualidad y la carnalidad, y la imposibilidad de expresar dicha emoción. La dinámica de la tensión entre lo material y lo carnal, el deseo de eternidad o de absoluto frente a la conciencia de estar ligado a un mundo en el que somos limitados y estamos sujetos a los efectos destructores del tiempo, evoca en Atencia los episodios de Ulises y san Sebastián reseñados arriba.